Emma caminaba junto a Leo por la avenida Diagonal. Mientras avanzaban, le vino a la mente un detalle del día anterior en el café. Recordó cómo, cuando Leo se había levantado para irse, alguien pasó muy cerca de su mesa y rozó su bolso al caminar. En ese momento no le había dado importancia. Ahora, sin embargo, la imagen regresó con otra fuerza: la libreta roja no había llegado a su bolso por accidente.
La ciudad parecía distinta después de lo que había escuchado en la librería: más profunda, más secreta. Como si cada edificio escondiera una historia que no se contaba en voz alta.
—¿Por qué yo? —preguntó Emma al fin—. Podrías haber recuperado la libreta sin decirme nada… y yo nunca habría entrado en todo esto.
Leo no respondió de inmediato. Miraba al frente, las manos en los bolsillos, como alguien que intenta ordenar pensamientos difíciles.
—Porque ya no puedo hacerlo solo —dijo—. Y porque tú… tú no perteneces a este lugar todavía. Eso te hace más libre.
Emma no estaba segura de que “libre” fuera la palabra correcta, pero entendía la idea.
Entraron en el campus de la universidad. Estudiantes cruzaban los jardines, algunos sentados en el suelo con libros abiertos, otros caminando deprisa, hablando de exámenes, de trabajos, de vidas que parecían sencillas desde fuera.
—Aquí empezó todo —dijo Leo en voz baja.
Subieron unas escaleras y entraron en un edificio antiguo de psicología. Los pasillos eran largos, con paredes llenas de carteles viejos: conferencias, congresos, proyectos que ya no existían.
Leo se detuvo frente a una puerta cerrada.
—El grupo de investigación se reunía aquí.
—¿Y ahora?
—Ahora oficialmente no existe.
Emma sintió una tensión ligera en el aire, como si el pasado todavía estuviera presente, observando.
Se sentaron en un banco del pasillo.
—Isabel era la persona más brillante que he conocido —dijo Leo—. No aceptaba respuestas fáciles. Cuando empezó a sospechar que algo no estaba bien en el proyecto, no pudo detenerse.
—¿Qué clase de proyecto era?
Leo dudó.
—Investigábamos cómo las emociones pueden ser influidas sin que la persona lo sepa. Decisiones, relaciones, miedo, confianza. Cosas muy delicadas.
Emma comprendió de inmediato el peligro. Eso no era solo teoría.
—Isabel descubrió que uno de los profesores seguía usando los métodos del proyecto en sesiones privadas —continuó Leo—. Personas vulnerables. Sin control. Sin ética.
—¿Y tú?
Leo cerró los ojos un momento.
—Yo participé al principio. Luego me alejé. Pero no la ayudé cuando más lo necesitaba.
Emma sintió algo extraño: compasión y desconfianza al mismo tiempo.
—¿Crees que está viva?
Leo la miró.
—Creo que dejó la libreta para que alguien terminara lo que ella empezó.
El viento movía las hojas de los árboles del campus. Todo parecía tranquilo, demasiado tranquilo para la gravedad de lo que hablaban.
—Emma —dijo Leo—. Si sigues conmigo en esto, no hay vuelta atrás.
Emma pensó en su vida antes de Barcelona: ordenada, previsible, correcta. Pensó en la libreta roja en su bolso.
—No vine hasta aquí para tener una vida pequeña —respondió.
Leo la observó como si la viera por primera vez.
En ese instante, Emma sintió que algo invisible los unía: no solo el misterio… sino la necesidad compartida de verdad. Y sin saberlo, acababan de cruzar una frontera de la que ninguno de los dos saldría igual.
