Emma no durmió bien. No era el jet lag, era la libreta. La frase seguía apareciendo en su mente como una imagen fija: "Por favor no vayas mañana." No estaba escrita con cuidado, sino con urgencia, como si quien la hubiera escrito no hubiera tenido tiempo de pensar demasiado.
Se levantó temprano y se sentó en la cama con la libreta roja entre las manos. Pasó las páginas lentamente. Había fechas, nombres, frases sueltas. Algunas páginas estaban casi vacías; otras llenas de anotaciones desordenadas, preguntas, dibujos pequeños, flechas que conectaban ideas. No parecía un diario personal, sino más bien un cuaderno de investigación, de alguien que intentaba comprender algo… o a alguien. Reconoció una palabra varias veces: "Leo". El nombre aparecía junto a lugares, horas y fragmentos de conversaciones. Emma sintió un leve escalofrío. Había conocido a Leo solo el día anterior. ¿Quién había escrito esto?
Salió del piso a caminar sin rumbo. La mañana era clara, el cielo limpio. La ciudad parecía tranquila, ajena a su inquietud. Entró en una panadería, pidió un café más por costumbre que por necesidad y volvió a leer la libreta. En una página, escrita casi al final, encontró otra frase que la detuvo: "No es quien parece. Pero tampoco es quien teme ser." Emma cerró el cuaderno.
A las cuatro y media ya estaba cerca de la dirección que Leo le había dado; una calle estrecha, silenciosa, con árboles viejos y fachadas gastadas. La librería estaba allí: un local pequeño, con un escaparate lleno de libros apilados sin orden y una campana sobre la puerta. Emma se quedó frente al cristal. Pensó en la frase. Pensó en volver a casa. Pensó en lo fácil que sería ignorar todo esto. Y entonces entró.
Dentro, el aire olía a papel antiguo y a madera. Las estanterías llegaban casi al techo. Había una mujer mayor detrás del mostrador, leyendo un libro con gafas muy finas.
—Buenas tardes —dijo Emma.
La mujer levantó la vista y la observó con atención, como si la estuviera reconociendo.
—Llegas pronto —respondió.
Emma frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Nada —dijo la mujer, sonriendo ligeramente—. Solo una costumbre.
Emma caminó entre las estanterías. Había libros en varios idiomas, ediciones viejas, notas escritas a lápiz en los márgenes de algunos. Todo parecía haber sido tocado por muchas manos, por muchas historias.
A las cinco en punto sonó la campana de la puerta. Leo entró.
—Pensé que quizá no vendrías —dijo al verla.
Emma sacó la libreta roja del bolso.
—Creo que alguien dejó esto en mi bolso ayer.
Leo se quedó inmóvil. El color de su rostro cambió apenas, pero Emma lo notó.
—¿Dónde la encontraste?
—En el café. Después de que te fuiste.
Leo pasó la mano por su pelo lentamente.
—No deberías tener eso.
—Alguien escribió que no viniera hoy.
Leo la miró. No parecía sorprendido. Parecía… cansado.
—Entonces ya estás dentro —dijo.
Emma sintió que el corazón le latía más fuerte.
—¿Dentro de qué?
Leo respiró hondo.
—De una historia que empezó mucho antes de que tú llegaras a Barcelona.
Y por primera vez, Emma comprendió que su viaje no tenía nada que ver solo con estudios ni con aprender español. Había venido a esta ciudad para algo más. Y todavía no sabía si eso la salvaría… o la pondría en peligro.
