El avión aterrizó en Barcelona cuando la mañana todavía estaba despertando. Emma apoyó la frente en la ventanilla y observó la ciudad aparecer poco a poco: los tejados, las antenas, el azul lejano del mar. Había imaginado este momento muchas veces, pero la emoción que sentía ahora era diferente. No era solo alegría. Había también una inquietud suave, como si su vida acabara de girar sin pedirle permiso. Había venido desde Estados Unidos para cursar un máster en psicología y para aprender español, pero en el fondo sabía que ese no era el único motivo. Dejaba atrás una etapa completa de su vida y caminaba hacia otra sin un mapa verdadero.
El taxi avanzaba entre avenidas anchas y calles estrechas. Emma miraba los balcones con plantas, las persianas medio abiertas, la gente caminando deprisa. Todo le resultaba cercano y extraño al mismo tiempo, como una ciudad que ya había visitado en sueños.
Su piso estaba en el Eixample, en un edificio antiguo con escaleras de mármol gastado y un ascensor pequeño que subía con paciencia infinita. La propietaria, Nuria, le habló despacio, como si midiera cada palabra.
—Los primeros días siempre son raros —dijo—. Barcelona no se muestra enseguida. Hay que aprender a mirarla.
Emma agradeció esas palabras más de lo que pudo explicar.
Después de dejar las cosas, salió a caminar sin rumbo. Necesitaba sentir la ciudad, comprobar que de verdad estaba allí. En una esquina encontró un café casi lleno. Dentro sonaba una música suave. Afuera, varias mesas ocupadas por estudiantes, parejas, gente sola con libros o portátiles. Emma se sentó y observó.
El camarero se acercó.
—¿Qué te pongo?
—Un café con leche y una tostada, por favor.
Mientras esperaba, vio al chico de la mesa contigua. Tenía un libro subrayado y una libreta abierta. Su expresión era tranquila, concentrada. Levantó la vista y la sorprendió mirándolo.
—Acabas de llegar —dijo, más como una observación que como una pregunta.
Emma sonrió.
—Sí. ¿Se nota?
—Un poco. Pero es una buena cara. Es la cara de alguien que todavía cree que todo es posible.
—Emma.
—Leo.
Hablaron con naturalidad: de la ciudad, de la universidad, de su máster, de su español imperfecto. Emma se sentía cómoda, como si aquel encuentro formara parte de su llegada.
Antes de irse, Leo escribió una dirección y una hora en un papel.
—Mañana a las cinco. Hay una librería cerca de la universidad. Es especial.
Emma dudó un segundo y luego asintió.
Cuando él se fue, guardó el papel en su bolso. Y entonces sintió algo extraño entre su libro y su cuaderno: una textura que no reconocía. Era una libreta pequeña, de tapa roja. No era suya. La abrió. En la primera página había una sola frase, escrita con letra rápida: “Si estás leyendo esto, por favor no vayas mañana.”
Emma levantó la vista. El café seguía lleno, la música sonaba igual, la vida continuaba. Pero dentro de ella algo había cambiado. Sacó el papel de nuevo. La dirección coincidía exactamente. Y por primera vez desde que había llegado a Barcelona, Emma sintió que su viaje acababa de empezar de verdad.
